Nací en Tulsa Oklahoma en 1943. Cuando yo tenía 16 años me enganché a las anfetaminas. Me drogaba con mis amigos todos los días durante 3 años y luego salí de la ciudad, pero he vuelto tras unos años. Una vez que la aguja entra nunca sale– Tulsa. Larry Clark

Es el inicio de un libro, los primeros compases de una opera prima que marcarían la vida de un autor y un tiempo. Que darían un giro a un arte, la fotografía, que presentaba síntomas de necesidad de avanzar, de convertir los grandes trabajos documentales en algo más íntimo. Son las palabras que nos sitúan en una obra de un joven norteamericano en su ciudad natal, Tulsa, que siempre quiso contar historias, Larry Clark.

“Yo soy un narrador de historias. Nunca me ha interesado simplemente tomar una sola imagen y seguir adelante. Siempre me gusta quedarme con las personas a las que fotografío durante largos períodos de tiempo”, así se lo explica en una entrevista única divulgada por Interview Magazine a Ralph Gibson, un amigo y pieza fundamental para que la obra que presentaría a Clark al mundo viera la luz en 1972 (Tulsa).

La cara oculta de la juventud de la clase media americana

Tulsa es la imagen de la América del medio oeste que Rober Frank no llegó a fotografiar. La que le estaba vedada al hombre maduro, reflexivo y de mirada inocente, porque, simplemente estaba fuera de su órbita, porque nunca le hubieran permitido la entrada a aquellas casas repletas de drogas, armas, sexo y desesperanza.

El sueño americano que se inyectaba a través de una jeringuilla mientras que las familias, los padres y madres, felices y seguras, veían los shows de televisión. Las vidas desperdiciadas y el nihilismo en una frase que toma sentido junto a la fotografía de Billy Mann, el gran amigo de Larry, jugando con un arma y que nos anuncia su triste desenlace: “La muerte es más perfecta que la vida”.

Billy y David, los dos amigos que sirven de hilo conductor para el trabajo que se desarrolló a lo largo de casi nueves años, del 62 al 71, que quiso ser una película y se conformó con ser la referencia de una generación, de un estilo de hacer fotografía. Pero aquello solo fue posible, por una razón: “Yo era parte de la escena, todo surgía de forma orgánica, sin plantearme que algún día esas imágenes serían publicadas. Era un acto muy íntimo”.

A Cuir le contaría en el año 2007, que, a respetar esa intimidad, sin duda le ayudó la cámara Leica que “era muy, muy silenciosa y todos se acostumbraron con bastante rapidez, no hubiera podido hacer aquellas fotos con una simple cámara réflex, donde los espejos chocan entre sí”.  

Años después, cuando Clark ya alcanzaba los 65 años, y además de Tulsa, había desarrollado una carrera en el cine, le contaría a O’Hagan  en una entrevista publicada en The Guardian: “Muchos adultos ven mi trabajo y dicen: Oh, esta es la fantasía de Larry Clark. Los adolescentes no viven así. Pero, oye, lee los periódicos. Todos los adolescentes tienen una vida secreta y siempre es más oscura de lo que piensan sus padres”.

De los bebés a la anfetamina

La relación de Clark con la fotografía le vino, según sus propias palabras casi impuesta. Su madre se dedicaba a realizar fotografías a bebés, y se vio “forzado a trabajar en el negocio familiar con 14 años”. “Básicamente, mi trabajo consistía en hacer reír a aquellos críos actuando de una manera estúpida. Me ponía algo en la cabeza, lo hacía caer y disparaba la fotografía cuando el niño empezaba a reír. Este fue mi aprendizaje”.

Aquel aprendizaje, no obstante, le indicaría un camino, que retomaría a los 17 años, tal y como le cuenta a Gibson: “No me di cuenta de que podías usarlo para otra cosa que no fueran fotografías de bebés hasta que me fui de la ciudad. De hecho, creo que se me ocurrió por primera vez cuando estaba en el último año de la escuela secundaria. Tenía unos 17 años”.

En Nueva York comenzó a estudiar fotografía, y a la vuelta a su ciudad natal un par de años después comenzó a realizar fotos a sus amigos, ya inmersos en los submundos que convertirían sus imágenes en únicas: “Algunas de estas fotografías conformaron la primera exposición de Clark, que tuvo lugar el 1964 en la Heliography Gallery del Upper East Side de Nueva York, por mediación de un amigo fotógrafo”, explica en su magnífico análisis Antoni Jové Albà.

Aunque pudiera parecer lo contrario, el propio Clark se justifica aludiendo que su adición a la anfetamina le ayudó a concentrarse lo suficiente como para sacar el proyecto adelante: “Quiero decir, – le contó a Cuir-, yo era un niño muy hiperactivo, súper hiperactivo. Muchos niños en aquel momento si muestran algún signo de hiperactividad, les dan Ritalin para frenarlos”. Y con su amigo Gibson bromeaba: “tomaba cada día anfetaminas, y siempre estaba despierto, sin embargo tú, me decías que dormías todo el tiempo, al final sacaste un libro que se llamaba Sonámbulos”.

Tulsa. La cara oculta de la juventud americana

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Tulsa. 1962-1971. Larry Clark

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Tulsa. 1962-1971. Larry Clark

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Salto al cine: Kids - Trailer

Vocación narrativa, retratos en la intimidad

Clark ya disponía de la técnica y de los sujetos que inundarían sus imágenes. Restaba ahora dar rienda suelta a su manera personal de vivir mirando, de mirar al mundo. Su amigo Gibson se lo mostraba así al propio Clark: “Esencialmente eres un narrador, un narrador que usa la historia como pretexto para un autorretrato. Creo que los grandes autorretratos tienen que hacerse en público, que es esencialmente lo que haces tú”.

Y como habíamos dicho antes, Tulsa era su vida, la de un joven adicto a la anfetamina que pasaba el día despierto y rodeado de otros jóvenes adictos que jugueteaban con la muerte. La del reflejo del deterioro de unas vidas que se apagaban, como contaba en The Guardian: “Cuando alguien conocido moría, algo que sucedía a menudo, pensaba que había sido muy afortunado. Honestamente, creía que yo, de entre todos, había recibido la maldición de quedar vivo para hacer fotografías”.

Como él mismo explicaba, la fotografía que hacía trataba de sí mismo y de su entorno, pero sobre ella también sobrevolaba una pregunta: “¿Por qué no puedes mostrar todo?”. ¿Por qué no aparecían estas imágenes en la revista Life? “Siempre me interesaron las personas que de otra manera no verías”.

El momento clave, la publicación de Tulsa

Sin embargo, cuando en 1972 se decidió finalmente a publicar en formato fotografía su proyecto, desechando la idea de convertirlo en una película, Clark no las tenía todas consigo. Por un lado, había recibido el apoyo de Robert Frank, y por supuesto de su amigo Gibson, que sería quien finalmente lo publicaría en la editorial independiente Lustrum Press Imprint.

Clark le cuenta a Cuir sus incertidumbres, junto a una anécdota que lo hundiría: “Poco antes de publicar el libro estuve en San Francisco durante una semana y colgué fotografías en la pared del San Francisco Art Institute. Un tipo del periódico revisó el programa y dijo: “¿A quién le importa? Esto es aburrido, muy aburrido y nada emocionante”.

Seguramente lo peor que se le pueda decir a autor antes de dar a conocer su obra. Clark es tremendamente honesto con Cuir: “Me quería pegar un tiro en la cabeza y quemar todas las jodidas fotos y los negativos”.

Influencias e influenciados

Finalmente Tulsa se publicó, y no tardó mucho en convertirse en una obra de referencia, en un trabajo que abriría el camino de la fotografía íntima, que marcaría el trabajo de otras figuras gigantes de la fotografía como Nan Goldin, y que algunos consideran recoge el testigo de Robert Frank, siguiendo la línea en la que se rastrea el avance de la fotografía estadounidense de mitad del siglo XX.

Como no podía ser de otra forma, el propio Clark reflexiona sobre ello, y aunque reconocía que Frank o Arbus lo influenciaron, siempre destaca al cómico satírico Lenny Bruce: “Él era todo acerca de la verdad, hablaba sobre la hipocresía de Estados Unidos, la misma que yo estaba viviendo y viendo. Eso fue importante para mí, realmente me influenciaron ese tipo de personas”.

Salto al cine: Kids

Con el éxito ya asentado entre el amor y el odio que causó Tulsa, Clark quiso dar el salto al cine, sin embargo, sus adicciones, aquello que según él le había ayudado a concentrarse y completar su obra maestra, eran ahora un escollo: “me volví tan loco con el estilo de vida de los forajidos, las drogas y la bebida, que no habría podido hacer una película, simplemente estaba demasiado jodido”. Así que después de ver el Drugstore Cowboy de Gus Van Sant y de sentir que aquella obra le pertenecía, se decidió por ir a rehabilitación y “limpiarme por completo”.

Su interés seguía centrado en los adolescentes, seguiría por el resto de su vida, pero ya no deseaba involucrarse, quería que se reflejaran los adolescentes a los que ya no pertenecía, y fijó su mirada en los skaters, los patinadores. Personajes reales, al igual que en Tulsa, a los que todos tenían miedo y que sobrevolaban sobre la Nueva York de los años 90. De nuevo imágenes de la hipocresía de un país que Clark no dejó de mostrar en todos sus trabajos, de los repartos de condones en la lucha contra el SIDA y las quejas de la Iglesia católica, y en medio de todo esto, el protagonista que decía: “Practico sexo seguro, solo follo con vírgenes”.

De nuevo transgresión y realidad ahora en imagen en movimiento. A pesar de la cual, Clark siempre se ha denominado cineasta moralista: “Desde el libro de Tulsa , me han llamado muchos, muchos nombres, “pornógrafo”, “pornógrafo infantil”, “basura”, “basura”, “él romantiza las drogas”, y así sucesivamente … Pero hay una moraleja. El centro de todo mi trabajo, el centro moral son las consecuencias. Consecuencias de todo lo que hacemos”.

Para alguien que concibió su vida en la mirada a sí mismo y a los demás, en la mirada y la reproducción de lo que los hipócritas no desean ver, la mayor de las satisfacciones es ser consciente de que “con respecto a la violencia que se muestra en mis películas y en las fotografías, siempre hay un precio que pagar. Quiero decir, voy a hacer que la audiencia pague un precio por esto. Ves tantas películas, hay violencia por todas partes en las películas, pero no hay precio que pagar. Cientos de personas mueren, miles de personas mueren y eso no significa nada”. En las películas de Frank, en sus fotografías compuestas de extractos de vida, de su propia vida y de quienes la perdieron y jugaron con ella hasta restarle cualquier tipo de valor, el espectador tiene una alto precio que pagar por vivir mirando, el enfrentarse a su propio hipocresía.

Bibliografía

Página monográfica

http://larry-clark.net/

Entrevistas

Larry Clark, Journal of Contemporary Art por Koether en 1991

http://www.jca-online.com/clark.html

Larry Clark on Cutting through the Bullshit and Hypocrisy of America por Raphaël Cuir, Art Press, August 2007

https://americansuburbx.com/2014/12/larry-clark-art-press.html 

harmony-korine.com/text/int/lc/?p=137

The Kid stay in the picture por Sean O’Hagan en The Guardian 17 de febrero de 2008

https://www.theguardian.com/artanddesign/2008/feb/17/photography.exhibition1

Larry Clark por Ralph Gibson en Interview Magazine el 9 de noviembre de 2010

https://www.interviewmagazine.com/art/larry-clark

Estudios

Albà, A. J. (2009). Larry Clark: adolescencia, drogas y sexo. Arte y políticas de identidad1, 23-48.

Documentales

Larry Clark – Tulsa (1971)

https://www.youtube.com/watch?v=T63W9LXXq2s

Kids (1995) Official Trailer #1 – Larry Clark Drama 

https://www.youtube.com/watch?v=U9a5tZSKDOU&list=PL9P6b2ziN2hAmYUbRsiPliJRr9lqAnUae&index=1