“Una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te dice, menos sabes”.

Diane Arbus

Nacida en una familia adinerada de la Gran Manzana en 1923, su infancia pasó bajo la protección económica de los propietarios de los almacenes Russek’s, su padre David Nemerov, y la heredera, su madre Gertrude Russek. 

La mayoría de los análisis de la obra de Diane Arbus se centran en su infancia y adolescencia para explicar su atracción por lo desconocido, por lo extraño, por lo peligroso. En la contradicción entre una vida acomodada y unos padres totalmente ausentes que mantuvieron aislados a sus tres hijos, rodeados de sirvientes pero sin el menor rastro de un sentimiento familiar que los uniera. 

Atracción por el miedo

Patricia Bosworth afirmaría en su reportaje sobre la figura de Arbus publicado en The New Yorker en 1984, que “tener miedo le dio placer, y mucho más tarde recordó que le encantaba quedarse en su habitación a oscuras por la noche esperando que los monstruos vinieran y le hicieran cosquillas hasta matarla”. 

Seguramente, mucho de verdad tiene aquella afirmación, y los análisis de quienes mejor conocen la obra de Arbus. No obstante, si seguimos el rastro de sus propias palabras, hallaremos la solución, también centrada en la infancia, aunque desde otra perspectiva: “Una de las cosas que sufrí cuando era niña fue que nunca conocí la adversidad. Sentía una sensación de seguridad irreal, y esta sensación de ser inmune, por ridículo que parezca, fue para mí doloroso”. 

Ir donde nunca he ido

Seguramente ese el motivo de que el mayor placer para la Diane adulta fuera ”ir donde nunca he ido”, tal y como le explicaba a sus alumnos de Westbeth. Pero no ir con las manos vacías: “si sólo fuera curiosa sería muy difícil decirle a alguien: quiero ir a tu casa y quiero que me cuentes la historia de tu vida, la gente me diría tú estás loca y se mantendrían distantes”. Sin embargo, “la cámara es una especie de licencia, y hay mucha gente que quiere que se le preste atención”. 

Freaks, aristócratas de la vida

Uno de los temas por los que más se recuerda a Diane Arbus es por sus fotos de personajes extraños, de los llamados freaks. De aquellas personas a las que evitas mirar cuando paseas por la calle. De ellas, siempre dicen los críticos que son imágenes difíciles, a las que te tienes que enfrentar si quieres soportarlas. 

Carlos Colorado recoge una cita de Edward Weston que quizás nos ayude a comprender lo que se siente cuando se ve a un gigante judío junto a sus padres, o a un niño con rostro de loco sujetando una granada, a una travesti mirando fijamente a la cámara, o un enano sonriente destilando una extraña belleza: (sus fotografías) “… expresaban incredulidad, curiosidad, escándalo, devoción, jamás indiferencia. Con Arbus eso no es posible. Quien se detenga ante una de sus fotos, sentirá que algo se le quema por dentro.”

Las dos caras de la realidad

Arbus es probablemente una de las fotógrafas que más odios y criticas ha soportado desde que se diera a conocer su obra. Célebre es la que realizara la también fotógrafa Susan Sontag, que curiosamente fue fotografiada por Diane. Para Sontag: “el aspecto más llamativo del trabajo de Arbus es que ella parece haberse enrolado en una de las misiones más vigorosas de la fotografía artística –concentrarse en las víctimas, en los desafortunados– pero sin el propósito compasivo que presuntamente debería perseguir dicho proyecto”.

A esto le podría contestar la propia Arbus sin rubor: “Cuando ves alguien en la calle, esencialmente lo que notas son los fallos”.

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