En un mundo de lógicas productivas parece que siempre haya que preguntarse por qué o para qué hacemos determinadas cosas. En ese sentido me planteo hablar aquí sobre por qué no solo creo que hablar de autorretratos en la era del selfie es necesario, sino que además, creo importante poner en valor este género fotográfico tan denostado. 

Hace poco le oí a una voz de opinión (de hombre) del mundillo de la fotografía, que el autorretrato era un primer estadio bastante superficial a nivel reflexivo, de la práctica fotográfica. Lo primero que pensé es que ese hombre no se había parado demasiado a mirarse y observarse quizás por miedo o rechazo a su propia imagen. Lo segundo que pensé es que precisamente el género del autorretrato, está históricamente asociado mucho más a mujeres fotógrafas y por tanto siempre ha sido considerado menor. Vamos, que le faltó decir que eso son cosillas de mujeres que no se paran a reflexionar sobre los grandes temas de la humanidad y se la pasan mirándose el ombligo. ¿O quizás estaba confundiendo autorretratos con selfies?

Autorretrato de la fotógrafa Jen Davis

Mirarnos detenidamente, preguntarnos cómo estamos, cómo nos sentimos, contemplarnos más allá de la imagen que tenemos de nosotras mismas y dejarnos sorprender ante las respuestas que pueda darnos la máquina, es difícil, muy difícil. Y muchas veces puede resultar doloroso o dar miedo porque la cámara cuando le dejamos su espacio, tiene la manía de desvelarnos cosas que no sabíamos.

En este punto me gustaría preguntar ¿y cuando disparamos un selfie, hacemos todo eso y corremos todos esos riesgos? ¿Os imagináis, la angustia vital de algún o alguna influencer? Menuda presión. Sinceramente, no creo que sea un ejercicio ni parecido.

De entrada, el rasgo más sobresaliente del selfie es la inmediatez del “ahora somos esto y estamos aquí” y responde al ejercicio de exhibirse ante los demás con la mejor cara, en el mejor de los lugares, el mejor outfit, sonrisa, y los amigos más modernos. Si bien está rodeado de signos informales, en mi opinión tiene poco que ver con la espontaneidad. Implica un elaborado proceso de aprobación por parte de quien lo exhibe. Si no, fijaos en sus escasas variantes: morritos o boca abierta con gesto de sorpresa, mano en cintura o abrazando al compañero, siempre ángulo desde arriba, y poco más, la verdad, (en la web de Selfiecity encontraréis un estudio detallado sobre las poses, ángulos de cámara o gestos de los selfies de varias ciudades del mundo). Una imagen estereotipada que responde a la cultura de la inmediatez impuesta por una sociedad que rechaza lo diferente y que no deja hueco al acontecer. 

No hay magia ni sorpresa, no existe brecha alguna entre la intención y el resultado, es una imagen controlada de nuestro ego que si no nos gusta, la cambiamos por otra hasta la saciedad.

¿Y para qué sirve? Puede que haya algún esbozo de condición humana, quizás incluso exista cierta intención de contar algo, pero desde luego no creo que tenga nada que ver con la reflexión. No exponemos nuestra intimidad, la tuneamos para exhibirla con nuestras mejores galas, con esa presión que nos autoimponemos de no poder dejar de ser felices un solo instante. Si pusiéramos sobre la mesa todos los selfies del mundo, una voz atronadora nos gritaría desde allí ¡TIENES QUE SER FELIZ! o no tendrás un millón de amigos…¿y quién no quiere tener un millón de amigos?

Además de ello, exhibir imágenes que nos sigan mostrando bellas, estupendas e idénticas y que nuestra autoestima dependa de los likes que reciban, no parece que sea la mejor manera de acabar con los estereotipos generados hacia nosotras, ¿no? ¿y con los autorretratos?

Para empezar, a diferencia del selfie que considero otro producto más de consumo, el autorretrato se concibe desde mi punto de vista, como opuesto a esa lógica productiva de la hablábamos al principio, en tanto que implica lo que quizás sea lo menos productivo del mundo: la contemplación, la reflexión, la búsqueda y la demora. Y aunque no suele haber intención de mostrarlo, de hecho puede darnos pudor, creo que compartirlos en nuestros círculos, alejadas de juicios absurdos que minen nuestra autoestima puede ser valiosísimo. La imagen tiene un impacto emocional e inmediato en las personas y en una fotografía podemos reconocernos entre nosotras y poner en relación. Como cuando cuentas un secreto sobre ti misma a una amiga y te responde: a mí también me ocurre. Por otro lado es menester que de una vez por todas, nuestras historias  sean contadas por nosotras mismas, por nuestras propias, múltiples y diversas voces. Aunque a alguno no le parezca que respondemos a las grandes preguntas de la humanidad y que existen cosas más importantes sobre las que hablar.

Al fotógrafo Alberto García-Alix le oí decir en una entrevista, en el marco de la exposición sobre sus autorretratos que se hizo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que la diferencia entre la exhibición y la exposición es la misma que hay entre un abrigo de visón y un calzoncillo ensangrentado: con la primera te vas de fiesta, con la segunda al médico. 

Pues sí, en el autorretrato existe un compromiso con una misma y con las demás así como una reflexión profunda y tridimensional sobre las grandes preguntas de la humanidad, que casi siempre son las mismas: el amor, la muerte, el dolor o la vida. Y a través del autorretrato estamos respondiendo a ellas con el riesgo que supone exponernos a través de nuestra propia imagen y no de la de otros. Por ello hablar sobre autorretratos y enfrentarnos a nuestra imagen desde la búsqueda, con lucidez y honestidad es un ejercicio que creo cada vez más necesario. Os espero en este taller el 17 de mayo y lo trabajamos juntas.

*Las autoras de estos dos maravillosos autorretratos son Jen Davis y Elina Brotherus

Taller de fotografía El Autorretrato Lúcido Matricúlate Autorretrato — Cuerpo — Lenguaje

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